Lo perdí en un parpadeo

Esto lo soñé...pero lo sentí despierta

En una tarde tibia y alegre, Marina, su esposo y su pequeño hijo Elías, un pequeño de 2 años, asistían a una fiesta en una casa desconocida, donde una alberca tranquila reflejaba el cielo. Todo parecía normal: risas, música, pasos... hasta que, de pronto, Elías desapareció.

Marina lo vio caer al agua y se lanzó sin pensarlo, pero por más que buscaba bajo la superficie, su hijo no estaba. El agua era poca, no había dónde esconderse… solo halló flotando un muñequito gris, con ojos quietos y cuerpo pequeño, sujetando uno de los carritos favoritos de Elías en su mano.

El corazón de Marina se encogió.
—Este es Elías —susurró—. Lo transformaron en muñeco.

Nadie le creyó. Ni siquiera Daniel, el padre. Pero ella no dudó.
Una mujer en la fiesta se acercó con voz baja y mirada antigua:
—Aquí vive un brujo. A veces hace maldades.

Eso bastó. Marina, con el muñequito colgado al cuello como un amuleto de amor, corrió fuera de la fiesta. Daniel intentó detenerla, pero ella lo empujó de regreso al agua. Nada podía interponerse entre ella y su hijo.

Y entonces lo encontró. Un hombre flaco, de cabello erizado y ojos de sombra.
—Quiero a mi hijo —dijo ella.
—No puedes —respondió el brujo—. Para que vuelva… yo tendría que dejar de existir.

Sin pensarlo, una espada apareció en sus manos. Era la espada de una madre que protege. Y lo atravesó.

El cuerpo del brujo cayó y se convirtió en cenizas, emergió Elías, cálido, sonriente, lleno de vida. Corrió hacia ella, la abrazó. Ella lloró y lo apretó contra su pecho.

Y entonces despertó.

Elías estaba ahí, dormido sobre su pecho, como si nunca se hubiera ido. Marina lo abrazó tan fuerte, que él se removió en sueños y la empujó.

Pero ella sonrió.

Porque aunque fuera un sueño…
Ella había ganado una batalla invisible.

Y sabía, como toda madre lo sabe, que
nadie arrebata a un hijo del corazón de una madre.

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